DEMASIADO EMPATICA, NO ES SANO
Ser empática no es una virtud incuestionable o un don casi místico que permite ponerte en los zapatos de otros. Es a todas luces, una habilidad heroica que te obliga a comprender al otro, contenerlo, validarlo y de paso cargarle el drama, como quien ayuda a empacar la maleta de un viaje afectivo que no es el tuyo.
La empatía dejó de ser una luz, para convertirse en un reflector que encandila. Y es que ser demasiado empática es como ir por la vida con la piel abierta, todo entra, hasta el miedo ajeno, la tristeza prestada, la ansiedad que no es la mía como si fuera huésped permanente y además en ocasiones, terminas llorando por conflictos que no has vivido, preocupándote por decisiones que no has tomado y sintiendo culpas que no te corresponden, como un departamento de atención al cliente emocional de toda la humanidad.
Lo más paradójico es que todo mundo habla de la empatía y la aplauden. Tu gran corazón, depende de tu capacidad de escuchar sin juzgar, hasta que tu energía se desborda y no te percatas que mientras todos sanan, tú te vas quedando como una taza de café en reunión del lunes, sin nada. Eres la terapeuta sin remuneración o mal remunerada, el pañuelo de la emergencia. Y no tiene nada de malo ayudar, pero es que es agotador, exige una puesta en escena constante, un teatro emotivo del que te obligan a no bajarte, sin parecer un ser humano deplorable.
Se ha convertido la empatía en esa obligación moral de sentir el dolor ajeno con la intensidad con la que ni siquiera proceso el mío. Es casi un deber convertirme en el refugio de las tempestades ajenas, mientras que las mías siguen haciendo estragos en silencio y con puntualidad británica.
Nadie te agradece esta abnegación entusiasta que ofreces con tanta devoción, terminas con tus mismos pesares, siendo la comidilla de todos, porque mientras te tragas las penas de los demás, ellos se están comiendo en el mejor de los corrillos las tuyas. Cada quien tiene su cruz y nadie se quiere clavar más tornillos de los necesarios. Puede sonar impopular pero, no tener límites con tu propia salud mental no es nobleza, es un verdadero descuido.
Nadie me va a resolver lo que yo no me anime a resolver por mí misma. Hay lágrimas que no me corresponden y dramas que curo mejor con silencio que con solidaridad. Si algo no me quita el sueño, no voy a actuar como si me hubieran quitado mi infancia. En definitiva, no soy empática, cargo con lo mío, no me monto en barcos que naufragan, ni soy la sanadora de turno y menos sin previa cita.
"No me importa y no me consume" Anónimo
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